Hay bodas que no piden volumen sino precisión. En la de Irlene y Paolo cada composición se pensó sutil, pero con carácter: nada que gritara, todo con presencia.
El centro de la escena fue el pastel. Alrededor trabajamos texturas de amaranto, que caen y enmarcan sin cerrar, y que le dan a la mesa una densidad distinta a la de una flor abierta. Ahí iba a suceder el momento principal del matrimonio civil, y la flor tenía que sostenerlo.
El resto del montaje sigue esa misma lógica: acompañar sin competir. Composiciones que se notan cuando uno se detiene a mirarlas, y que el resto del tiempo simplemente hacen que el espacio se sienta bien.
Lugar: Rio de Todos



















