De todo lo que existe en el mundo floral, el bouquet es de las cosas que más nos fascina crear. Cada uno es un universo: no hay dos novias que elijan la misma forma, ni el mismo color, ni la misma manera de llevarlo.
La forma es la primera decisión y cambia todo lo demás. Los redondos son compactos y se sostienen solos. Los alargados estiran la silueta y piden flores con dirección. Los de caída se descuelgan y le dan movimiento a cada paso.
Después viene el color, que casi nunca sale de una paleta buscada en internet sino de algo suyo: el vestido, una flor que le gusta a la mamá, el lugar donde va a ser la ceremonia.
Por eso lo pensamos menos como un arreglo y más como un accesorio floral personalizado: una pieza hecha para una sola persona y un solo día, que la acompaña de principio a fin.
Ninguno de estos se repitió. Cada uno existió una sola vez, para una sola persona.



















